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Las primeras noticias que se tienen del consumo de trufas se remontan a los antiguos egipcios que la servían rebozada en grasa y cocida. Griegos y romanos alabaron sus cualidades gastronómicas, que la hacían uno de los manjares más exquisitos en sus festines. |
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Su nombre procede del vocablo latino ‘Tuber’ que significa excrecencia. Aún hoy se discute acaloradamente para dilucidar la verdadera naturaleza de un hongo, la trufa, carente de raíces. Se dice de ella que puede ser tanto planta, como tubérculo, producto de la descomposición de materias orgánicas, concreción mineral, o incluso vegetal vivíparo, etc.. |
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En un segundo apartado, se encuentran las trufas blancas o ‘Tuber brumales’ conocidas popularmente como Tartufi del Piamonte (Italia), en honor a su lugar de origen. Presentan un color gris perla y se consumen habitualmente crudas o aderezando platos de la cocina piamontesa. Otro factor que encarece más si cabe esta suculencia radica en su costoso y laborioso proceso de recolección. |
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Se ocultan bajo el terreno y la única forma de descubrirlas es por su particular e intenso aroma que, sin embargo, es incapaz de percibir el ser humano. Es aquí donde intervienen animales domésticos como el cerdo, en el país galo; las cabras amaestradas en la isla de Cerdeña; y los perros, utilizados de forma habitual en Italia y España. |
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